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Prefacio:
La música puede equipararse, y lo ha sido, con un lenguaje, en el que hay símbolos que tienen significados e interpretaciones particulares. Podemos decir pues, que una obra musical es algo así como un discurso. Sin embargo, no podemos decir que es un discurso hablado, sino, un discurso hecho de sonidos hilvanados, o capitonados, como diría Lacan, que resultan en una sintaxis de sonidos, tiempos, ritmo y silencios.
Estos sonidos están encadenados en una secuencia, pero también se mezclan unos con otros de manera simultánea. Los sonidos individuales forman lo que conocemos como melodía, y que puede fungir, metafóricamente, como el discurso del paciente en la situación analítica; por otro lado, la emisión simultánea de diversos sonidos constituyen la armonía, asimilables, desde este enfoque, a las intervenciones del terapeuta, que buscan profundizar y, por tanto, fomentar el enriquecimiento de la melodía del paciente.
En otras palabras, estos sonidos –sensaciones, emociones, recuerdos, angustias, vivencias, fantasías, etc.- son articulados –en un discurso- y combinados por el compositor de acuerdo a una lógica y una estética, equiparable a la subjetividad, en términos psicoanalíticos.
Entonces, si la música es el arte de organizar sonidos (con el fin de expresar algo), la psicoterapia es el arte de organizar sensaciones, emociones, angustias y vivencias, para darles palabra con el fin de expresar algo que quedó anteriormente reprimido pero que pugna por salir, aunque sea a partir de síntomas que le restan productividad y bienestar al ser humano y, en muchos casos, también a aquellos que le rodean.
Introducción:
La Real Academia Española (RAE) de la Lengua define la resonancia como el sonido producido por repercusión de otro o el fenómeno producido cuando la frecuencia de un sistema coincide con la frecuencia de un elemento externo a dicho sistema. Y, a la caja de resonancia, la define como el cuerpo de madera que forma parte de algunos instrumentos musicales (como violín, guitarra, etc.) y que sirve para amplificar y modular su sonido.
A su vez, la misma RAE define la empatía como la identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro.
Finalmente, define la contratransferencia como un término psicoanalítico que engloba el conjunto de reacciones afectivas conscientes e inconscientes del psicoanalista hacia ciertos sentimientos y conductas –conscientes o inconscientes- del paciente.
Quizá desde un inicio y, a partir de estas definiciones, se habrán formado una idea de por dónde va el planteamiento de esta excerta, en relación a la metáfora musical entorno al trabajo psicoanalítico no ortodoxo, o psicoterapéutico de corte psicoanalítico.
Pero profundicemos más a propósito de la música, sus instrumentos y los mecanismos subyacentes a la resonancia y otros fenómenos relacionados con la música y que servirán para formar y comprender mi planteamiento y la metáfora en la que se sustenta.
Podemos definir un instrumento como cualquier objeto utilizado para algún fin. La clave de esta definición radica en que la propiedad del instrumento no es una característica propia del objeto, sino que es brindada por el ser humano al conferirle un uso funcional.
Un instrumento musical es un sistema, es decir, que está compuesto por una estructura (las partes que lo integran) y un principio de organización, que es lo que le brinda la identidad al sistema.
Haciendo un símil en este sentido acerca de lo que ocurre en la situación terapéutica, planteo lo siguiente:
En primer lugar, el terapeuta no es terapeuta por sí mismo –al menos no en la práctica- el profesional de la salud mental, deviene en terapeuta únicamente al estar ante un paciente dentro del setting adecuado. En segundo lugar, la relación paciente-terapeuta es también un sistema, compuesto por una estructura determinada: paciente y terapeuta dentro del setting analítico, y un principio de organización otorgado por el encuadre y un objetivo común, que es lo que le brinda identidad al sistema psicoterapeutico.
La resonancia es, físicamente hablando, un interjuego de frecuencias, frecuencias de onda[1] producidas por un generador y recibidas por un resonador que reacciona ante las ondas emitidas por el primero. Para que esto ocurra fácil y naturalmente, ambas frecuencias, tanto del generador como del resonador deben coincidir, cuando esto sucede se dice que el sistema (generador-resonador) se encuentra en resonancia.
La oscilación es el movimiento de vaivén de un cuerpo y que, en términos musicales ha de producir sonido (como lo que ocurre al tocar las cuerdas de los instrumentos de cuerdas, por ejemoplo).
Retomando el carácter de sistema de la situación terapéutica, el paciente jugaría el papel del generador y el terapeuta el de resonador. De manera que, si paciente-generador y terapeuta-resonador están en la misma frecuencia, surge lo que denominaré resonancia-empatía o resonancia de empatía. Al mismo tiempo y durante la interacción paciente-terapeuta y terapeuta-paciente, el paciente-generador funge también como resonador y viceversa, el terapeuta-resonador funge como generador, dando como resultado la oscilación-transferencial (o contratransferencial, según sea el caso).
Si la frecuencia que produce una onda es directamente proporcional a la tensión a la que está sometida e inversamente proporcional al tiempo de aplicación de dicha tensión, podemos pensar también que la intensidad de los elementos proyectados y transferidos entre paciente y terapeuta dependen de la cantidad de tensión-angustia existente en cualquiera de ellos que funja en ese momento como generador, tensión que, de una forma u otra, habrá de verse reflejada en aquel que sea el receptor o resonador.
El timbre (forma de onda resultante de la oscilación) dependerá, fundamentalmente, del material de construcción del oscilador, el modo en el que se le excite, el punto sobre le cual se de la excitación y las características del objeto con el cual se ponga en oscilación.
De igual manera, el resultado del intercambio entre paciente y terapeuta, en términos transferenciales (y contratransferenciales) depende de la historia personal y subjetividad de cada una de las partes.
La oscilación forzada es lo que clásicamente se conoce como transferencia y contratransferencia negativa. En particular, cuando la contratransferencia negativa aparece, el terapeuta lucha por mantenerse atento, interesado, despierto, resonante-empático con el paciente; tal como ocurre muy frecuentemente en el trabajo con depresivos, por ejemplo, o con casos de narcisismo maligno.
En este caso hay que escuchar la resonancia producto de esta oscilación forzada e identificar aquellos elementos que estén desentonando, para darles interpretación y resolución adecuada que permita entonar nuevamente el sistema de forma armónica.
Por el contrario, cuando la frecuencia del generador y la del resonador coinciden y se presenta la resonancia, una fuerza de pequeña magnitud aplicada por el generador G puede lograr grandes amplitudes de oscilación del sistema resonador R. A esto precisamente aspira el terapeuta, a ser capaz de, dando buen uso a sus intervenciones, generar un efecto significativo y positivo sin la necesidad de desgastar o forzar el sistema.
En un caso extremo el sistema puede llegar a romperse. Esto es lo que ocurre cuando un cantante rompe una copa de cristal emitiendo un sonido con la voz. La ruptura de la copa no ocurre solamente debido a la intensidad del sonido emitido, sino fundamentalmente debido a que el cantante emite un sonido que contiene una frecuencia igual a la frecuencia natural de la copa de cristal, haciéndola entrar en resonancia.
La aplicación clínica de este fenómeno acústico tiene dos caras:
a) Por un lado, si la resonancia-empatía es adecuada al lograr la misma frecuencia, puede resultar en la ruptura oportuna de las defensas del paciente, en pos del avance del tratamiento y el recuerdo y elaboración del trauma y el conflicto.
b) Por otro lado, una ruptura forzada de las defensas, además de requerir de un exagerado esfuerzo por parte del terapeuta, puede conllevar resultados negativos tanto para la estabilidad psíquica de pacientes cuya patología es sumamente grave, o, en el mejor de los casos, la ruptura del sistema en tanto una mala alianza-vincular de trabajo y la interrupción del tratamiento.
Ahora bien, la función de los resonadores, en términos musicales, es la de ayudar a adaptar la amplitud del movimiento de los osciladores a las necesidades de propagación del sonido. De la misma manera, el terapeuta-resonador busca ayudar al paciente-generador a adaptar sus procesos psicológicos a las necesidades de su medio y sus circunstancias (su contexto), de acuerdo con sus propias capacidades reales.
En algunos casos el resonador –terapeuta- permite directamente la audición de la oscilación –discurso del paciente-. Esta función se realiza a partir de la escucha analítica, la asociación libre y la clarificación.
En otros casos, por el contrario, el resonador cumple la función de resaltar la oscilación original, a partir entonces, de la confrontación y, finalmente, la interpretación.
Además, y para concluir, en la medida en que, como todo cuerpo, cada resonador-terapeuta, tiene su propia curva de respuesta a frecuencias (sensibilidad para algunos temas, dependiendo de su propia historia personal), la acción del resonador-terapeuta también afectará el timbre del instrumento musical –paciente pues es el terapeuta quien lo interpreta-, modificando la características sonoras –discursivas- originales producidas por el paciente. Esta modificación se considera negativa cuando es la contratransferencia la que interfiere e incluso llega a actuarse.
Finalmente en la transmisión de las oscilaciones y los sonidos (discurso manifiesto y latente) de paciente-generador a terapeuta-resonador y viceversa, se produce siempre una pérdida de energía que afecta tanto a la intensidad final del sonido, como eventualmente a su duración, siendo equiparable entonces al efecto de las diferencias entre subjetividad del paciente y subjetividad del terapeuta, que puede hacer que una misma frase tenga significados completamente distintos, y muchas veces opuestos incluso, aún cuando son formuladas por las mismas palabras entre hablantes del mismo idioma.
Al final de cuentas, podemos concluir que tanto la empatía como la transferencia/contratransferencia corresponden a un fenómeno de resonancia emocional entre paciente y terapeuta.
La máxima expresión de una resonancia armónica permite la interpretación de la obra completa a partir de los elementos que el paciente nos lleva a lo largo del tratamiento y que, como compositores y directores de orquesta vamos ensamblando en una lógica y estética de acuerdo al contexto y las necesidades del paciente, en primer lugar, pero sin poder hacer a un lado del todo aquello que a nosotros mismos nos constituye y que hace que, una misma obra pueda ser interpretada de forma distinta dependiendo del “director”; dependiendo del terapeuta, el paciente será interpretado de distinta forma pero siempre buscando comprenderlo, hacerlo sentir comprendido y darle comprensión sobre sí mismo, permitiéndole entonces modificar aquello que le causa sufrimiento y que es, en última instancia, por lo que recurre a nosotros.
La resonancia más armónica sería entonces aquella en la que los mecanismos de introyección y proyección permiten al terapeuta identificarse empáticamente con el yo y el ello del paciente.
Esta resonancia armónica se origina en la oscilación-contratransferencia positiva sublimada y se sostiene en la resonancia-empatía. Así, la introyección y la proyección en la resonancia armónica implica no únicamente una resonancia con los elementos externos, sino también internos, en la integración de aquellos elementos propios que eran desconocidos, negados, reprimidos o proyectados y que ahora se reconocen como propios.
[1] El sonido audible es la traducción que nuestro cerebro hace de aquellas ondas sonoras cuya frecuencia está dentro de los parámetros que son perceptibles para el oído humano.
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